sábado, 2 de junio de 2012

~Capítulo veintiuno.

Me resguardé del frío con los antebrazos. Salí de la casa sin que nadie notara mi ausencia. O eso pensé. Aunque ya sabía que nadie se daría cuenta. Empecé a oír otros pasos a mi espalda. Notaba como la nieve congelaba cada dedo del pie. Y el contacto con la piel hiciera que se derretía en segundos. El frío calaba cada centímetro de mi cuerpo. Me cubrí el pelo con el gorro, al ver que pequeñas gotas de agua se deslizaban por cada mechón. Me cubrí los ojos con el pelo rojizo que adornaba mi rostro y observé quién imitaba mis pasos, intentando que no se notara su presencia. Abrí los ojos.—¿Alice?—sugerí al ver su rostro entre bufandas. Me paré en seco, para poder estar más cerca de ella. No entendía que hacía aquí. Tampoco sabía por qué había salido yo.—¿Me estás siguiendo?—planteé y sonreí. 
—La verdad.—suspiró. Escondí las manos en los bolsillos.—Sí. Siempre desapareces.—admitió cabizbaja. 
—Suelo desaparecer por la tarde.—comenté chistoso.—Ahora, solo quería pasear. Estar solo.—reconocí. Sus labios mostraban un color rojizo como el cobre, a causa del frío. Parte de mi cuerpo querría que colapsaran con los míos, fundiéndose, convirtiéndolos en uno.
—Pero, has estado solo toda la noche.—añadió.—¿Quieres estarlo más tiempo?
—Hombre—sonreí victorioso, ella sola había sacado el tema.—gracias por recordarlo.—suspiré cansado de sus palabras.—Así, por lo menos me acostumbro para cuando te vayas a Francia, ¿verdad?—comenté. Noté como sus ojos se encharcaban, pero con el frío apenas podría soltar una lágrima. No entendía su reacción, era la verdad. Se iba a ir.
—¿Te lo ha dicho Ralph?—preguntó nerviosa, mientras dejaba mostrar su rostro apenado.
—Lo dijiste tú.—me quité el pelo del rostro y formé un silencio de apenas unos segundos, que parecieron ser años.—Ayer.—rectifiqué,—mejor esta madrugada, fui a la habitación. A disculparme.—balanceé los brazos, como un niño pequeño.—Y sin darme cuenta, noté como de tus labios salían: ''Me iré a Francia''—imité, no muy convincente mi actuación. Sabía mentir, pero no poner otras voces. Intenté quitarme los pensamientos que pasaban por mi mente. Las miles de voces que hacían que me empezara a doler la cabeza.—¿Sería mi conciencia?—musité. Apenas fue imperceptible, y vi como Alice suspiraba y se cubría aún más con las bufandas. Dejó de mirarme. Y yo, aunque me costase admitirlo, también dejé de mirar. Caminé confuso, como si me costase levantar cada pie del suelo y luego, volverlo a plantar en la nieve. Hundirlo en el frío ambiente que me rodeaba. Oscilarían unos -2ºC y la presencia de Alice, hizo que mi pulso bajase a la misma velocidad. Mi respiración cada vez era menos contaste, perdía calor con cada suspiro, que acababa siendo una nube de vapor.—¿Hago bien?—me pregunté a mi mismo mientras frotaba ambas manos. Hasta que sentí una cálida ráfaga de calor. 
—Hace mucho frío,—comentó.—Vuelve a la habitación.—sonrió. Me congelé por dentro al verla tan cerca de mi rostro. Tan sonriente, tan risueña. Como si no hubiera pasado nada.
—¿Cuál?—pregunté.—¿A la nuestra o, a la de Ralph?—continué y le miré ingenuo. Sabía que la pregunta la dejaría confusa, y así fue, como si fuera adivino me imaginé como reaccionaría y no cambió nada. Era tan transparente, tan sincera. Gruñó.
—Bueno,—sonrió, siguiéndome el juego. Cuál me gusto.—Donde te sientas más cómodo.—volvió a sonreírme y dejó soltar una carcajada. Me eché a reír.
—Prefiero estar aquí.—sugerí, mientras me frotaba las orejas.—Tengo que acostumbrarme a este frío. Dicen que va a ser el invierno más frío de años.—seguido me froté la nariz, notaba que se me erizaba la piel.
—Estamos en otoño.—alcé los hombros. Su murmullo fue como un grito, en aquellas calles solitarias de Irlanda. 
—Entonces,—hice una pausa y me aclaré la voz.—No quiero imaginarme como será cuando sea invierno.—solté. En mi vida, nunca había estaciones, pasé mucho tiempo en Noruega, y me acostumbré que el frío y la oscuridad se relacionara con el invierno, aunque fuera cualquier otra estación. Observé su rostro, pestañeaba a cada palabra que salía de mis labios. Y no dejaba de prestar atención a cada movimiento que daba, como si le fuera la vida en ello. Ella, estaba cubierta por abrigos, uno era mío, no quise imaginar como había dado con ello y sonreí sin decir palabra.—Estás preciosa.—susurré al cuello de mi abrigo. 
—Gracias.—me estremecí al recordar el sentimiento al fijarme en sus labios, cuales ahora brillaban de una forma más intensa, más deseable. Me perdí en su mirada, o eso vi al notar que no podía hablar. —Charlie,—añadió. No supe que decir, me había quedado pasmado como un estúpido por la forma que acababa de decir mi nombre. En la forma en que los labios se habían movido para formar las vocales. El timbre de su preciosa voz, que resonaba en mi mente como una melodía.—Vayámonos a casa.
En un lugar no muy lejano..
Le miraba, aunque sabía que él no quería saber nada de mi. De mis pensamientos, de mis acciones. Paseaba mi dedo por la palma de su mano, intentando que dejara de mirar esos libros y clavara sus ojos en los míos, con la esperanza de aclarar las cosas. —Josh,—musité cansada, tirada en el suelo. Mirando al techo.—¿Puedes dejar de leer?—inútil, esa fue la palabra de mi intento a que me hiciera caso. Observé mi reflejo en la ventana, poco a poco el cielo empezaba a cambiar de color y presentaba un rosa palo entre las nubes, que se dejaban ver. Yo, mientras, tenía unas pintas horribles, ojeras, pálida.—Normal que no me quisiera mirar.—comenté en lo más profundo de mi mente. Volví a mirarle. Nada, parecía que aquellos libros eran más interesantes que su novia.—¡Josh!—exclamé acompañado de una carcajada. Me miró. Dejó caer los párpados, como si les pesaran demasiado para contener una mirada conmigo.—Estoy aquí,—comenté.—¿Lo sabías?—respiré. Volví a mirar el techo, tan blanco como siempre.
—Claro que lo sé.—respondió a mi pregunta. Le miré, por fin se dignaba a hablarme.—Llevas dos horas dándome el coñazo.—contestó. No muy agradable a su respuesta retorcí el morro. Arrugó la frente y suspiró, intentando buscar sus labios con los míos.
—No.—le rechacé y volvió a sus estudios.—¿Desde cuándo estudias?—pregunté. Pocas veces le veía con libros, y menos tan voluminosos.
—Desde siempre.—respondió seco como un desierto.—Antes de que mis padres me abandonaran, ¿recuerdas?—dijo irónico y molesto. Me limité a no contestar, ya que sabía que no había terminado.—¡Ah, no!—sobresaltó.—Estabas muy ocupado observando a Charlie, como si fuera un monumento.—deseé que fuera sorda en esos momentos, y que no hubiera escuchado esas palabras.
—Exageras.—confirmé, intentando disimular el dolor punzante que sentía entre pulmón y pulmón.
—Deberías haberlo visto desde mis ojos.—cerró los libros y los tiró a un rincón de la cama.—Ver cada mirada y sonrisa que le dedicabas.—me faltaban segundos para llorar, pero me contenía, intentando ser fuerte.—Con cada suspiro que daba para ti era un mundo.—siguió, sus palabras cada vez más serias y duras.—Recuerdo cada palabra, cada momento, como si lo volviera a vivir.—continuó.—Y sé que va a volver a pasar, que esto no ha cambiado. Sigues enamorada de él.—terminó. Maldigo el momento en el que decidí abrir la bocaza que mostraba mi cara. Era estúpida. Podría estar tumbada en el suelo, mientras él estudiaba. Pero no. Decidí hablar.
—Lo, lo siento.—tartamudeé. Me quité el pelo de la cara.—Pero,—suspiré nerviosa de mis palabras.—Estás equivocado.—mentí, en lo más hondo de mi corazón volví a mentirme, me quería engañar a mi misma, a mis palabras, a mis sentimientos. No quería vivir esa situación.
—Sé que mientes.—añadió.—No me creas tan ingenuo Andy, nos conocemos.—dejó de mirarme y se dejó caer en la cama, chocando su espalda contra la pared, mientras me observaba tirada en el suelo.—Prefiero saber la verdad que vivir en una mentira.—dos, tres segundos faltaban para que mi corazón saliera de sus órbitas. 
—Pero, entonces,—hice pausas a cada una de mis palabras, no tenía ordenadas mis ideas y temía en cometer más errores de los hechos.—¿por qué decidiste estar conmigo, sabiendo la verdad?—temí a mi pregunta, tanto que dejé de respirar por unos instantes y aprecié como una humeante lágrima recorría una de mis mejillas. 
—Porque te quiero, así de simple.—musitó. Lo que fue una lágrima terminó cayendo en el contorno de mis labios. Que fue desapareciendo al dejar caer sus labios en los míos. Expresando miles de sensaciones, pero,  solo las sintió él. O eso pensé. Se separó y volví a mis andenes de dudas.—Te quiero Andy. Pero no quiero vivir en una mentira.

domingo, 20 de mayo de 2012

~Capítulo veinte.

El silencio de mi cuarto era demasiado abrumador, vacío. Caminar solo por la nieve me hizo pensar. La farsa que tenía con Alice no dudaría eternamente. Al fin y al cabo, descubriría quien soy, y lo que siento realmente por ella. Miré por la ventana y me llevé la manta al cuello. El frío empezaba a helar mis entrañas. Cerré los ojos.—¿Ralph?—mi nombre fue acompañado con unos pequeños golpes en la puerta. Miré el reloj. Las doce y cinco. Fui tambaleándome hasta la puerta, no tuve mucha prisa por contestar.
—Es un poco.—me callé. El rostro de Alice esperaba enfrente de mi habitación, con los ojos llenos de lágrimas, pero ninguna derramada.—Pasa.—me eché a un lado y le di la manta que llevaba en los hombros. Estaba pálida. Y yo, por un momento, empecé a sentir calor.
—Lo siento.—sonrió y pasó dejando los zapatos por el camino, como si estuviera en su propia casa. Mi corazón se encogía por cada suspiro que daba y sufría un golpe de calor cuando me dirigía una sonrisa.—Es un poco tarde, y no sé, no sabía que hacer.—me miró y sonrió.
—No, no importa.—su agradable estancia hizo que la habitación dejase de parecer la soledad.—¿Tienes hambre o algo?—Me acerqué a la mesilla de noche, donde me esperaba un humeante café. Tomé un sorbo. Una parte de mi quería mantenerse despierto toda la noche.
—Si insistes.—clavó sus ojos azules en los míos y se llevó el pelo detrás de la oreja. ¿Había sido coincidencia conocerla y que fuera a vivir aquí? Antes, para ella no existía, y ahora, en estos momentos, socorría en momentos de angustia. Sonreí por dentro y dejé mis pensamientos aparte. Empezó a hablar.—¿Tú crees que hago bien?—arrugué el rostro y me senté a su lado en el suelo. No la entendía.—Me refiero,—rió.—estando aquí, ¿hago bien?—Sin poder evitarlo me salió una sonrisa tonta en la cara. Demasiado estúpida para ser un chico. Su estancia aquí, en esta casa, había sido lo mejor en muchos años.
—Pues.—no sabía si darle mi opinión y volví a tomar un trago. Le ofrecí del mismo vaso.—Eso no lo puedo saber yo. ¿Tú estás cómoda aquí?—Se llevo el filo del vaso a los labios y se los manchó de café. Me reí por no soltar alguna barbaridad.
—Sí, sois buena gente, me habéis aceptado.—sonrió, mostrándome su radiante sonrisa. Parte de mi cuerpo empezaba a temblar, me froté el pelo, despeinándome un poco.—Que pintas tienes.—elevé una pequeña sonrisa y me miré en el espejo de atrás.—Trae, que te arreglo un poco.—Pasó sus dedos por mi pelo, enredándose en él. Estaba muy cerca, demasiado. Podía apreciar el calor que liberaba su piel, podía contar cada una de sus pestañas. Pude hacer muchas cosas, pero no me atreví a acercarme a sus labios. 
Bajo los copos de nieve...
Caminaba torpemente a su lado. Miré a Josh y no mostraba ningún estado de ánimo. Y si tenía, seguramente sería de rencor. Charlie se había llevado el coche, sabiendo que era de él. Marcaba por la nieve mis pisadas, jugando como una niña pequeña. Me gustaba sentirme así, aunque tuviera dieciocho años.—Habéis estado muy bien en el concierto.—le sonreí. Bien no era la palabra, sino regular. Se puso la capucha y siguió su camino en silencio. Le imité e intenté entrelazar nuestros dedos.—¿Ocurre algo?—paró en seco y me asusté. Sus pequeños ojos escondían algo. Pero dejé de pensar al ver que caían sus labios en los míos.
—Estás cabreado, te conozco.—le solté mientras dejaba mis manos en su pecho. Tenía la respiración entre cortada, y sus labios estaban fríos como el hielo.—Cuéntamelo Josh.—le exigí con una sonrisa.
—Vale.—admitió.—No me parece bien que Charlie controle la vida de Alice. No es una niña, ella también puede pensar.—Me hubiera gustado darle la razón, pero estaba con el pelirrojo. Alice no era muy consciente de sus acciones y necesitaba ayuda.—Vale.—le miré.—Sé en que piensas, ¿me equivoco verdad?—se alejó de mis manos y empezó a caminar, dejándome por el camino.
—No, Josh, en parte tienes razón.—le alcancé con unas cuantas zancadas y cogí su ritmo al andar. Apretaba los labios.—Josh, pero solo tiene dieciséis años.
—Va a cumplir diecisiete.—bajé la mirada y retorcí el morro.
—Vale, me da igual, pero es una niña.—introduje las manos en los bolsillos, empezaba a tener bastante frío. Intenté adivinar que pensaba Josh.—No te enfades por esto, tú no tienes la culpa.—le dije mientras cubría con el gorro mis orejas.
—Siempre tienes.—dejó de hablar y me sonrió. No fue una sonrisa bastante sincera, ni humilde, volví a mi anterior hipótesis, escondía algo.—Tienes.—suspiró y dejé de mirarle.
—Si no quieres hablar de este tema, no lo hagas.—me llevé las yemas de los dedos al rostro, intentando quitarme alguna gota de agua que se había cruzado por mi pómulo.
—Has empezado tú.—dio un golpe a una piedra y dejó de mirarme.
—Solo me he preocupado por ti.—suspiré, el camino a pie se me estaba haciendo eterno. Dejé la mente en blanco como la nieve. Y llevé mi mirada hacia la Luna, tan redonda y reluciente como de costumbre. Siempre tan sola y tan fuerte.—Querría ser como ella.—murmuré al cuello de mi sudadera.
—Siempre le das la razón a Charlie.—le miré confusa. Podría a ver roto el silencio de otra manera, pero decidió hacerlo así.—Siempre estás de su parte.—seguí sin hablar, apenas le mirada, porque en el fondo, sabía que era verdad.
—Yo solo digo qué.—me interrumpió.
—Sigues sintiendo algo por él.—llevó la mirada al suelo y se resguardó del frío cubriéndose entre sus brazos.
—Eso fue en otra vida, ahora, la quiero contigo.—no dije muy segura.
—No me lo has negado.—En lo más oscuro de la calle encontramos una luz, en aquella ventana donde se podía ver el cuarto de Charlie. Intenté que mi garganta soltara algún sonido, diciéndole que no quería a Charlie, pero lo único que hacia era mover los labios. Paralizada, caminé sin ningún apuro, dándome cuenta de que todas las vías del cerebro se habían colapsado por las del corazón.
Entre cuatro paredes..
Seguíamos tan cerca como antes, solamente que él miraba al suelo. ¿Por qué no me miraba a los ojos? Mi pregunta pasó al olvido después de observar por la ventana.—Me encanta el otoño.—le dije a Ralph mientras me alejaba de su rostro. No me contestó y siguió mirando al suelo.
Pensé en Charlie, se encontraba apenas a unos metros de mi y tenía la sensación de tenerle a kilómetros. Intenté apartar ese pensamiento.—Es imposible.—dije entre dientes. Me levanté dejando la taza de café en el suelo. Me dispuse hacia el armario de Ralph.—¿Son tus amigos?
—Amigos, conocidos, los de aquí.—Me respondió muy seco. Caminé cantando una canción, la misma que había escuchado en el coche hace un momento, con Charlie.
—¡Dichosa canción!—volví a decir, pero en este caso, un poco más alto. Me di la vuelta y vi que Ralph sostenía una foto entre sus manos. Me acerqué a paso ligero y le miré curiosa.—¿La puedo ver?
—No, es más.—negó con la cabeza antes de terminar la frase.—Prefiero no enseñártela.—soltó así. Por lo menos fue sincero. No me resistí mucho más y volví hacia la puerta, con la duda de irme.
A poco metros de Alice..
Mantuve la mirada perdida en la foto. Ahora, estaba un poco más delgada y tenía las puntas algo abiertas. Pero seguía igual de precisa. Me extrañó que no insistiera en verla, también me extrañaron mis propios actos, dejarla ahí, al intemperie.—Cada vez soy más estúpido.—dije en un suspiro. Miré su figura desde el suelo. Como elevaba los pies para dar cada paso, curiosa por su alrededor. Intenté no parpadear, para no perderme cada movimiento de su cuerpo. Miré el reloj. La una de la mañana, y aún, no sabía el por qué de su visita. Intenté hablar, pero me tragué las palabras al ver que me estaba mirando.
—Sabes que veré la foto tarde o temprano.—volvió a sonreír y achicó sus ojos forzando la vista. No lograría verla, entonces, la doblé y guardé en el bolsillo trasero del pantalón.
—Pues entonces, espero que sea tarde.—dije mientras me incorporaba y sentaba en la cama.—Todavía no me has contado porque estás aquí.
—¿Quieres que me vaya?—añadió. Sonrió acto seguido y cambió de expresión.—Charlie y yo.—No quise imaginar que sería el resto. Pero era tan imbécil que me creé mi propio sueño mientras ella hablaba.—No estoy segura de hacer bien aquí. Sinceramente,—suspiró.—no sé que hago aquí. Tengo familia en Francia, y he estado pensando en.—no acabó la frase y me miró.
—No, por favor, no te vayas. Para Charlie eres todo, eres el Sol que alumbra sus mañanas, y la Luna que le deja caminar por la noche. Eres y serás siempre lo que más le importa en este mundo.—acabé sonriendo por mis propias palabras. Dije lo que pensaba, lo que hacía que ella fuera especial para mi. Pero sustituí mi nombre por Charlie, ya que en el fondo yo nunca sería su héroe, su príncipe azul.
Al otro lado de la pared..
Me encontraba enfrente de la habitación de Ralph, sabía que estaría con ella. Apenas había roce entre mis nudillos y la puerta. Apenas tenía aliento para hablar. Apenas tenía palabras que decir. Miré a ambos lados del pasillo. Quise apreciar las palabras que decían, y sin darme cuenta escuché con detalle la conversación.—Irme a Francia.—Apoyé la cara en la puerta, me destrozaba por dentro. Gemí sin hacer ruido y me quité el pelo de la cara. Salí de mi habitación con un propósito. Salí de mi habitación con el propósito de responderla a su pregunta, de decirla que la quería. Pero, si se quería ir, no la retendría.

martes, 15 de mayo de 2012

~Capítulo diecinueve.

La miraba de tal forma que podía saber que estaba pensando. Yo, mientras estaba sereno, manteniendo la compostura. Apenas las diferenciaba por la luz. Luz y oscuridad se mezclaban continuamente y solo las veía hablando e intercambiando alguna que otra sonrisa. Miré a Ralph, no estaba sorprendido, y la verdad, yo tampoco. No me gustaba que estuviera con ella. Me froté el pelo y suspiré hondo. Me acerqué, ignorando lo que estaba pasando, ignorando lo que sabía, ignorando ese sentimiento tan distinto que sentía por ambas.
Mientras tanto..
Su pelo rubio era lo único que veía en estos momentos, la oscuridad parecía ser tan eterna y solo apreciaba su voz. Mis piernas empezaban a fallar por el cansancio, y veía algo borroso, pero no lo tomé muy en cuenta.
—Alice.—sonrió.—Pensé que habías desaparecido.—Se me hizo un nudo en la garganta. Conociéndola me haría un interrogatorio, preguntas y más preguntas.—¿Dónde has estado?—Me agarró del brazo y una luz filtró el poco espacio que había entre nosotras. Vi que le temblaba el labio inferior. Ese recuerdo, demasiado familiar. Era un síntoma de que mentía. En este caso me estaba mintiendo.—¿Piensas decir algo?—le mostré una sonrisa bastante forzada, y al fin, decidí hablar.
—Sí, estoy aquí, de fiesta.—solté. Fue lo primero que se me pasó por la cabeza. Hice varias pausas entre palabra y palabra. Debería decirle algo más inteligente, una escusa, una razón, pero, era demasiado ilusa y no sabía como salir de esta situación.—Divirtiéndome un poco.—no quise sacar el tema de los titulares y el periódico.
—Ya lo veo.—acompañó con una carcajada y se llevó la boquilla de la cerveza a los labios.
—Sí.—sonreí.
—Bueno, ¿y qué haces? ¿Trabajas sin el permiso de tu padre o algo?—intenté asentir, pero era algo lógico, en esta edad nos hartábamos a la mínima y lo típico era huir. Pero en mi caso, no fue por una chiquillada, un enfado tonto, o eso pensaba. Cuando decidí responder a su pregunta, habiendo un margen de unos escasos minutos causados por mis pensamientos, noté el contacto de mi piel con una más cálida que la mía. Luego, fue hacia mi cintura.
Unos minutos antes..
Por fin me dispuse a caminar, Renee me divisó antes y daba cada paso con miedo. Mi conciencia se estaba riendo de mi, ¿miedo? ¿A una chica? Cada vez mis actos me parecían más patéticos y me avergonzaba de mi mismo. Reflexioné unos instantes en el camino, y llegué a una conclusión. Mis dudas se aclararon más cuando rocé mis dedos con los suyos, y dejando caer una de mis manos en su cintura. No querría perder a a Alice.
Encajé mi barbilla en su hombro, sufriendo la mirada de Renee en cada uno de mis movimientos. Acerqué mis labios a su oído, aprecié como los pelos de su nuca se erizaban. Sonreí.
—¿Quién es?—dije en un murmullo, apenas apreciable. No me respondió, pero no me importaba, aquella chica me miraba con rabia en sus ojos, y a la vez despertaba tentación.—Alice.—volví a decir.
Se dio la vuelta y rozó sus labios con los míos. Llevé una de mis manos a su barbilla, dirigiendo aquel beso. Pero, uno de mis ojos estaba pendiente de Renee, ¿qué estaba haciendo? Miraba aquellos ojos con calma, mientras la otra parte de mi cuerpo estaba pendiente de Alice. De la persona de la que en estos momentos estaba.. enamorado, ¿verdad?
—Alice, presentarme a tu novio—exigió. Vi como se dirigía a mi rostro con cierta alegría.—Soy Renee.—Me aparté apenas unos centímetros y lo que iban a ser dos besos acabaron en un susurro.—Bonita actuación.—se apartó y elevó una sonrisa.
—Él es Charlie.—soltó Alice al ver que ella ya se había presentado. Y yo, bueno, no tenía palabras. Ralph se acercó a mis espaldas y me sorprendió la reacción de Renee.
—Hola Ralph.—añadió aquella chica rubia. Miré a Ralph, ¿la conoce? ¿Cómo sabía su nombre? Noté como Alice se hacía las mismas preguntas.
—¿La conoces?—le susurré a Ralph. Mi rostro mostraba asombro.
—¿La conoces?—soltó Alice unas milésimas de segundo de diferencia a mis palabras . La misma pregunta, la misma expresión.  Puede que fuera un error, pero decidí actuar.
—Encantada Renee.—mis actuaciones mejoraban con el tiempo, aunque no me gustaba mentir.—Alice vayámonos.—La agarré de la cintura, pero impidió mi paso.
—¿Irnos? ¿Por qué?—Frunció el ceño y soltó mi mano. Suspiré. Miré al techo y volví a suspirar. 
—Luego te lo explico, vayámonos.—No sabía que decirla, en cierto modo, quería irme para no tener que sufrir a Renee, ya tenía suficiente con verla casi todos los días. La verdad, me estaba acostumbrado.
—No, yo no me quiero ir.—respondió firme como una estatua. Ladeé la cabeza y posé la vista el Ralph, aún seguía intacto después de la pregunta que le hicimos, cual no contestó. Estaba blanco como la leche, incluso más sorprendido que nosotros.
—Alice, por favor.—le supliqué. Podría irme, y dejarla allí, no le pasaría nada. Pero, no quería. La volví a coger de la mano, haciendo algo de presión.
—No. No quiero irme.—me volvió a repetir. Ya no sabía que decirla, sería capaz de hacer un número ahí, delaten de todos. La veía distinta. O, a lo mejor era yo, el que estaba cambiando. Me soltó de la mano y de sus labios salió una frase.—Me recuerdas a mi padre.
Aquellas palabras me hicieron más daño de lo que ella pensó. Me introduje entre la gente. Manos, brazos, piernas, de todo se cruzaba por mi camino. Di un portazo al salir. Me paré unos instantes.—¿Qué estoy haciendo?—Llevé mis manos a los bolsillos, buscando las llaves del coche y al final di con ellas.—Luego, debería arreglarlo.—me comenté a mi mismo, pero tenía tanto orgullo que dudaba que lo hiciera ahora. Me froté las manos intentando entrar en calor. Caminé hundiéndome en una fina capa de nieve que rodeaba el local. Me introduje en el coche y puse la radio. Won't Go Home Without you de Maroon 5 resonaba en mis oídos. Esa canción expresaba demasiado sentimiento.—Podría cantarla, me sé la letra.—Andy siempre la ponía.—Hostia.—dije en voz alta.—¡Andy y Josh!—me froté los ojos. Bueno, no pasaba nada, se tenían uno al otro. No pasó muchos minutos desde que empecé a hablar solo, hasta que vi que alguien daba un portazo sentándose en el copiloto.
No dijimos nada en el camino, bueno, mejor dicho, yo no dije nada. Ella hablaba entre dientes, no la entendía, hablaba en francés. Arranqué el coche y puse la música más alto, para que el silencio que había entre nosotros no fuera tan cargado y agobiante. Pero no sirvió de nada.
Acercó la mano a la radio y la apagó. La miré y vi que tenía clavado su mirada en la mía. Volví a mirar a la carretera y ignoré esos segundos de presión.
—¿Ahora dónde vamos?—apoyó la cabeza en el cristal. Y dejó caer sus manos en el asiento. Estaba preciosa. Era preciosa. La miré sin que se diera cuenta y suspiré hondo.
—A casa.—le dije.—Bueno, a nuestra casa.—le volví a decir. Pocas palabras producía mi garganta, estaba tan pendiente de la carretera que me costaba establecer una conversación. Un semáforo en rojo, perfecto para disculparme.—Bueno, Alice, querría decirte que..
—¿Tú me quieres Charlie?—me tragué las palabras y volví a mirar a la calzada. ¿La quería? Sí, no había duda, pero.—No nos conocemos mucho.—bajó la mirada y suspiró. La imité.
—Para eso estamos, para conocernos.—Cambié de marcha y le regalé una pequeña sonrisa.
Llegamos antes de lo esperado, y no dirigimos ninguna palabra en el camino. Le dí mi abrigo para que se cubriera. Hacía demasiado frío.
—Gracias.—Me miró y lo cogió.—Aunque te vas a congelar.
—Ahora vamos a llegar, no pasa nada.—Estiré los brazos y el cuello. Seguía sintiendo algo de tensión en el cuerpo. Entramos y varios chicos nos saludaron. La miré y abrí la puerta mientras la cerradura chasqueaba. Cedí el paso y entró dejando la ropa en una silla.
—¿Tienes hambre?—añadí a ese silencio.
—No, ¿y tú?—me preguntó mientras se descalzaba y soltaba el pelo.
—Tampoco.
Esa fue la mínima conversación que tuvimos, hasta que ella empezó a hablar.
—Antes no me has respondido.
—¿A qué?—me froté el pelo y dejé el cinturón en la cama.
—A que si me quieres.
Me volví a quedar en blanco, ¿no se lo había dicho? Estaba seguro de que sí.
—Si te lo he dicho.—me negó con la cabeza y se apoyó en la pared.
—Creo que los periódicos tienen algo de razón.—La miré confuso.
—¿A qué te refieres?
—Esto es algo parecido a un secuestro.—Rió chistosa, pero lamentablemente, yo no me lo tomé igual.
—¿Secuestro?—salté.
—Sí, no me diste a elegir.
—¿Enserio?—sonreí.—Bueno, pues si quieres irte con tu padre, puedes.—Me senté en la cama y dejé los zapatos tirados por la habitación. Había cambiado, yo ya no era Charlie Blair. Abrió los ojos y volvió a coger la chaqueta.
—Tengo razón, decidiste tú por mi.—volvió a replicar. Deseaba que esta conversación no hubiera empezado, debería haberla dicho que la quería desde un principio.
—Yo solo quería lo mejor para ti.—suspiré y miré cabizbajo.—Si quieres irte, puedes hacerlo.
Antes de terminar aquella palabra un portazo retumbó entre pared y pared del cuarto. Me llevé las manos a la nuca.—No, no, no.—me dije a mi mismo. Me levanté y empecé a dar vueltas. ¿Por qué le había dicho eso? Miré para todos los rincones, e incluso en el baño. Abrí la puerta y asomé mi cabeza a ambos lados. No estaba. Se había ido. Cerré los ojos y volví a entrar, dejando caer mi peso en la puerta y deslizándome hasta el suelo. No era consciente de lo que estaba pasando. Y aunque no me lo podía creer, el sonido del portazo aún seguía retumbando en mis oídos.

domingo, 6 de mayo de 2012

~Capítulo dieciocho.

Un amargo sabor abundaba en mi boca. Era una extraña combinación entre dulce y salado. Era a la vez sólido y líquido. Pero nada, estaba perdida, no sabía lo que estaba comiendo. Intentaba hablarle pero era imposible, con cada leve movimiento de mis labios me daba una cucharada de ese experimento.
—¿Te gusta?—dijo. Volvió a acercar la cucharra a mis labios, la cual negué como puede y la esquivé. Sonreía sin más, a lo cual me parecía extraño. Llevaba así unos días, que parecía que la felicidad circulaba por su sangre. Yo, mientras, me decaía en mis penas.—Alice tienes que comer.—Había perdido varios kilos, y era preocupante.
—No quiero más por—me interrumpió. Otra cucharada fue hacia mi boca. Pasé la manga de mi camiseta y me quité algunos restos de esa comida, que aún no sabía exactamente que era. —favor.—Terminé, sonreí.
—Tienes que comer.—respondió. Hizo un leve movimiento de pelo, apartándolo de la cara, dejando a la luz esos preciosos ojos verdes. A los que estaba enamorada.—Estás muy delgada.
—Comer, ¿pero comida no?—le solté. Seguramente lo habría preparado él, no quería herirle ya que le habría hecho ilusión, pero estaba llena, ya era el segundo plato que tomaba sin ganas.—Y por lo de delgada...—Quiso volver a coger la cuchara, pero me adelanté. La llené hasta arriba y se la acerqué.—¿Quieres? ¿Quieres probarlo cariño?
Asintió, pero ambos sabíamos que no quería ni olerlo. Puso mala cara y al final se lo di. Lo saboreó unos minutos, en los que ponía diferentes rostros de dolor y deseo. Me había perdido. Pero no me importaba, y menos si me perdía con él. 
—Está...—le costaba hablar, seguramente porque no tendría ni lengua.—¿Delicioso?—alzó los hombros. Me quitó la cuchara de las manos. Tenía posibilidades de que le volviera a dar por venganza y se quitó ese mal trago de encima.  
—Entonces como te gusta tanto.—Le sonreí antes de acabar esa frase, no sabía porque lo hacía, pero estaba algo contenta.—Todo para ti.
—Pero.—Arrugó la frente y retoció el morro con dulzura.—Tenemos que compartir las cosas.
—¿Quién lo dice?—Me erguí y me estiré. Estábamos en su habitación, como siempre, con este invierno a ninguno nos apetecía salir. Una rafaga de frío pasó por la ventana. La volví a cerrar rápidamente y alcancé una chaqueta negra.—¿Te importa?—señalé la chaqueta.
—No, cógela.—Apartó el plato de la mesa y tiró lo poco que quedaba a la basura. Podría darselo a alguno de la casa, pero dudaba que les gustara. Noté como ponía las manos en mi cintura.—¿Te gusta mi ropa?—murmuró en mi oído. Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza.
—Puede.—le dejé en la duda. Puso su barbilla en mi hombro y ambos miramos la ventana. Deslicé mi dedo en ella y dibujé un pequeño corazón. Noté sus labios en mi nuca.
—Tenemos que irnos.—Los separó y los llevó a mi cuello.—Le he dicho a Josh que estaríamos a las siete, y son las siete menos cuarto.
En estos días había tenido menos comunicación con Josh, por el tema de Andy. Ralph me daba clases mientras Charlie nos miraba constantemente. Estaba celoso. Me gustaba, por qué negarlo. Luego, cuando Charlie desaparecía casi todos los días a las seis de la tarde, me quedaba sola en la habitación.
—¿Hoy no te vas?—dije. Mi tono tenía una pizca de rabia. No sabía a donde se iba, ni que hacía, ni con quién. No tenía que contarme todo, pero tampoco ocultarme las cosas. Me di la vuelta y le miré con dulzura.
—Hoy vamos a ver a Josh tocar.—dijo más serio que un libro. Se cerró por completo y apartó la vista de mis ojos, mientras observaba sus pies.
—¿Por qué desapareces todos los días?—añadí. Todas esas noches preguntándome que hacía y quedándome con la duda. Solo le veía por la mañana, no sabía si volvía por la noche, ni si dormía conmigo o no me enteraba. Siempre le veía con un desayuno y sonriendo. Sin una explicación convincente.
En el reflejo de un espejo..
A la derecha. No, mejor a la izquierda.—No sé como peinarme.—le dije a mi reflejo. Parecía estúpido hablándome a mi mismo, pero no sabía con quién compartirlo, ya que me mirarían mal, o me dirían lo típico. Mejor revuelto, sí, era lo mejor. Dejé uno de los peines en la mesilla y pasé ambas manos. Alocándose aún más el pelo. Me parecía a Charlie, tenía un cierto aire. Me miré los dos perfiles y salí de la habitación.
Tenía el corazón a mil, y mis mejillas parecían manzanas de lo rojas que estaban. Acababa de salir de la ducha y lo único que llevaba era la roja interior. Mis pies desnudos se deslizaron por la madera de la casa, que por casualidad no estaba muy fría.—Será obra de Dios.—volví a decir en voz alta. Tenía que quitarme esa costumbre, pero el silencio de mi habitación era demasiado seco y agobiante. Me daba la sensación de estar siempre solo. Bueno, siempre lo estaba. Cogí unos pantalones verdes y una sudadera gris. Converse negras e iría perfecto, pero se las presté a Charlie.—Mierda.—suspiré.—¡Otra vez hablando solo, por Dios Ralph!—me grité a mi mismo. Decidí ponerme la mano en la boca, ya que seguramente soltaría una gilipollez. Me vestí lo más rápido posible. Las siete menos diez. Quería cogerme las zapatillas, pero Charlie estaría en su habitación, con Alice.—Alice..— murmuré en el seco ambiente de mi cuarto. Era imposible que dejara de hablar, y me dí por vencido. 
Antes de irme me acerqué a la mochila del instituto y saqué unas cuantas cosas. Libros, apuntes etc. Y en el tropiezo de la búsqueda de mi móvil, encontré una foto. No era de hace mucho. Dos o tres meses. Cuando en su vida era simplemente un compañero más. Era un lunático. Di la vuelta a la foto y vi tenía apuntado el día que la tomé con mi cámara. No tuve mucho disimulo, pero ella estaba centrada en su amiga Renee, y yo, mientras, la quería en silencio. Mi actuación ese día en el baño fue lo mejor que hice, hacer que no la conocía. Aunque llevara meses que no salía de mi mente. Así, tendría la oportunidad de que ella supiera como era, y con mucha suerte, le gustara.—Dios, si existes, por favor.—Me froté la nariz y volví a observar su rostro, mientras lo recorría con dulzura, como si pudiera tocar su pelo. Pero nada, estaba enamorada de Charlie, y él era mi amigo, y no podía hacerle eso, estaría muy mal visto. Pero, el amor era el amor. 
El sonido de unos nudillos frotando constantemente la puerta resonaron en mi cuarto, hasta llegar a mis oídos. Me levanté y dejé caer la foto mientras cogía el móvil con la otra mano. La dejé ahí tirada, estaba seguro que nadie entraría en mucho tiempo. Me acerqué con paso ligero, mi habitación era la más grande de todas. Y de momento yo era el más pequeño de la familia, si se le podría llamar así. Calcé unas Vans viejas y giré el pomo con miedo. Pero disminuyó en segundos al ver su preciosa sonrisa.
Detrás de un micrófono..
Mis yemas rozaron el metal frío y seco de los platillos. Hacía mucho que no actuábamos con público. No eramos muy buenos, y la verdad, era de sorprender. Miré al cantante y a los guitarristas. Yo, estaba practicando con la batería. Era una de las mejores cosas que tenía en mi vida, ese pequeña sensación que tenía al tocar.
—Josh, ¿estás nervioso?—me dijeron. Me cubrieron los ojos con ambas manos. Sabía quién era, ¡quién iba a ser! Andy.—Dentro de poco vendrá el resto, pero esto ya se está llenando.—deslizó sus dedos hasta mi barbilla y los dejó en mi nuca.
—Es verdad.—La besé. Yo más ganas que ella, pero no lo tomé en cuenta. Miré el público, no diferenciaba los rostros. Eso era lo mejor, apenas les veías.—Estoy un poco nervioso, hay más gente de lo común.—La miré, iba de azul marino, normalita, pero a la vez perfecta.
—Yo he avisado a mucha gente.—añadió en un suspiro ya que se acercaba un guitarrista. Era de esperar, Andy por muy sencilla que fuera, la conocía medio país. Y yo, tuve suerte, y la conocí. La miré con el rabillo del ojo, estaba hablando con uno de ellos. Antes dije que tocar la batería era la mejor sensación. Pues, estaba equivocado, tenerla a mi lado le daba mil vueltas. ¿Estaría enamorado? Seguramente, estaba nervioso porque era la primera vez que tocábamos en grupo y ella asistía al concierto. Bueno, concierto no era exactamente, pero me hacía ilusión pensarlo. Los focos fueron hacia mis ojos.—Me he quedado ciego.—susurré, pero bueno, por lo menos aún tenía voz, y las muñecas estaban intactas. 
Entre la multitud..
Buscaba a Charlie, ¿le había perdido? Hace unos minutos le cogía de la mano y ahora estaba entre la gente. Perdida. Salté varias veces y pude ver a Josh tocando la batería. Se le daba bastante bien y hacían buen grupo. —¿Charlie?—Agarré a un chico del brazo.—Lo siento, me he equivocado.—Le miré con vergüenza y aparté la vista mientras caminaba nerviosa. El local era enorme y yo era demasiado pequeña. Muchos chicos me miraban, incluso me hablaban, pero la música estaba tan alta que era imposible escucharles. Me acerqué a la barra.—Un vaso de agua por favor.—le dije al camarero. Noté como alguien se sentaba a mi lado, pidiendo alcohol.
—¿Te invito a algo preciosa?—me dijo. Era extraña la situación, casi tenía diecisiete años y nunca me había ocurrido esto. Casi nunca salía a la calle, prefería quedarme en casa, leyendo.—No te cortes, solo quiero invitarte.—sonrió, le miré. Tenía los ojos azules.—Mi amigo me ha dado cincuenta euros por error y bueno.—se llevó las manos a la nuca e hizo esperar al que servía las bebidas porque hablaba conmigo.—¿Qué mejor que gastarlo en una chica tan preciosa?—demasiados cumplidos, no era preciosa. Seguramente estaría borracho y no me vería bien.
—No gracias, solo quiero agua.—Volví la vista hacia el camarero, le asentí a mi propuesta del vaso de agua y me lo sirvió en un abrir y cerrar de ojos.—Creo que me voy, que he perdido a mi novio.—añadí con una carcajada.
—Pero antes, dime como te llamas.—me agarró el brazo suavemente, sin hacerme daño, lo suficiente para mantenerme unos segundos con él.—Yo me llamo James, ¿y tú?—Me seguía mirando a los ojos. Borracho no era la palabra, le faltaría poco para tener un coma etílico. Le sonreí y le aparté la mano de mi brazo. No perdía mucho por decirle mi nombre.
—Se llama Alice.—noté como alguien dejaba su brazo en mi hombro. No me quise dar la vuelta, ya que sabía quién era.
—¿Es tu novio?—dejó la copa en la barra.—Lo siento, solo quería invitarla.—me reí por dentro. Me di la vuelta para poder besar a Charlie, pero otro rostro me estaba mirando.
—¿Ralph?—dije entre dientes, apenas imperceptible.—¿Qué haces?—no me inmuté mucho y seguí casi abrazada a él.
—Quitarte a este de encima, no creo que a Charlie le parezca bien.—sonrió, tenía una bonita sonrisa.—¿Vamos a bailar?—Miré al otro chico pícara, estaba avergonzado y seguramente no saldría otra vez de la barra. Me despedí de él con la mano mientras Ralph me llevaba al centro de la pista.
—¿Sabes dónde está Charlie?—No me quiso responder, tenía la sensación de que lo sabía. Pero yo me movía al compás de la música. Pude ver a Andy a lo lejos, con otras chicas. Josh estaba en el escenario, dándolo todo. Y Charlie. Desaparecido. 
—No, le perdí de vista hace media hora.—me dijo al oído, ya que antes me había hablado y no me había dado cuenta. Una música lenta empezó a sonar en el local. También la estaban tocando los chicos. ¿Bailaba con Ralph? Sería de mala educación no hacerlo. Busqué con la mirada a Charlie, pero nada. 
—¿Bailamos?—me dijo con una tierna sonrisa. Tenía que reconocer que me estaba derritiendo por dentro. Notaba que su mirada podía atravesar la mía.
—Voy a buscar a Charlie mejor.—Le dije sin apenas pausas. Me solté de su mano y me introduje entre la multitud. La música era demasiado lenta, y tenía la sensación de que mis párpados caían del cansancio. Cogí a varios chicos del brazo, creyendo que eran Charlie. Me estaban tomando por loca. Pero siempre me acababan sonriendo.—¿Charlie?—volví a gritar cuando hubo un descanso.—¡Charlie!—volví a decir. Me iba a quedar sin voz. Resoplé. Abrí los ojos. Un pelirrojo se asomaba por mi vista. Caminé hacia él. Pero me encontré con otra persona de por medio.
Noté que el corazón se me encogía por segundos. Había visto a mi madre. Se me encharcaron los ojos nada más pensarlo. No tenía que llorar. Así que seguí caminando aunque pensase que no era fruto de mi imaginación, que la había visto de verdad.
—¿Alice?—alguien me agarró del brazo e hizo que retrocediera a mis pasos. Mostraba cabello rubio. 
—Re, re, ¿Renee?—tartamudeé. No podía creerlo. Estaba aquí, me estaba viendo. Hacía dos semanas que no sabía nada de ella. Y ahora, le tendría que contar todo, darle explicaciones. 

lunes, 30 de abril de 2012

~Capítulo diecisiete.

Aquella mirada era la que me hacía dudar de la gente que me rodeaba. Guardaba rencor y a la vez entusiasmo, sus labios estaban elevados formando una leve sonrisa. Sus cejas arqueadas como dos puentes en el que encerraba a sus ojos. Mostraba felicidad, pero si te fijabas bien, quiero decir, en el fondo, no veías eso. Me aproximé con paso ligero mientras silbaba una canción, no recordaba el nombre.
—Rony me ha dicho que preguntabas por mi.—Sonó grave y serio. No debería haber dicho su nombre, ya que no venía del tema. Crucé los brazos y me dispuse delante de su rostro.—¿Quieres algo?
—¿Tú no me buscabas?—Pasó su lengua por el filo de sus dientes, estaba dispuesta a provocarme. Ladeó la cabeza y llevó el cigarrillo a sus labios.—El caso, quiero ver a Alice.—Rió, y echó el humo formando pequeñas hondas en el aire.—Sé que está contigo.
No me inmuté. No moví ningún musculo de la cara y seguí estando serio. No sabía si decirle que estaba conmigo. Pero no me daba buena impresión. Era su amiga recordé en ese instante. Pero Alice nunca me habló de ella, nunca me la mencionó.
—Alice está desaparecida.—Me llevé las manos a la espalda, mostrando un buen porte. Decidí mentirle. No era muy propio de mi, pero en el fondo, en lo más fondo de mi, estaba cambiando.—Supongo que lo habrás leído en los periódicos.—Decidí responder, ya que había pasado más de dos minutos sin que mi garganta diese ningún sonido y que todos mis pensamientos rondaran por mi mente.
—Mientes.—Rió satisfecha a mi respuesta.—No sabes mentir Charlie, no sabes mentir.—Volvió a reírse y dio otra calada a su cigarrillo que al final decidió tirar y apagar con la suela de su zapatilla. Odiaba el humo, notaba como lo filtraba y no podía evitar toser.
—¿Qué crees?—Pregunté. No sabía que pensar, ¿tan mal mentía? Tendría que entrenarme.—Cada vez soy más estúpido.—Dije al cuello de mi camisa. Por suerte Renee no tenía tan buen oído como Josh y no apreció mis palabras.
—Que está contigo.—Me recorrió con la mirada desde los pies hasta los ojos y soltó un leve bufido que al cabo de unos segundos se convirtió en un extenso y cargado silencio.
—Yo también querría que estuviera conmigo..—sollocé. Mi leve actuación pareció no dar factura y que mi rostro, cansado y triste pareciera que fuera por ese asunto.
—¿Entonces no está contigo?—Bingo. Quería cantar victoria, pero aún era demasiado pronto. Debía esperar a que se fuera.
—No, no está.—Afirmé a su respuesta. Respiré, estás situaciones me agobiaban. La pregunta sería que le diría a Alice. No sabía si contarle que conocí a su amiga Renee en el pasillo del hospital y que se esfumó con su propio humo. Y que ahora, apenas unos minutos, estuvo preguntando por ella.
—¿Y tienes idea de dónde está?—Pareció preocuparse, y noté cierta tristeza. No sabía si estaba fingiendo como yo, o en realidad también estaba preocupada.
—La habrán secuestrado.—Secuestrar, ese verbo pasó por mi mente varias veces. Y la imagen que pasó por mi cabeza fue la cárcel, reformatorios, campos militares. Yo decidí por ella, decidí que vendría aquí con nosotros y que no debería decírselo a nadie. Huir de su familia, de sus amigos, de todo. Y todo porque lo decidí yo, por simple egoísmo para que estuviera a mi lado. No lo entendía, nunca me lo había planteado de esta forma, ¿y si ella no quería? ¿Y si no quisiera que no me involucrara en el asunto?
—Daremos con ella, lo sé.—Puso la mano en uno de mis brazos. Regalándome una triste sonrisa. No supe que decir, tampoco que hacer. La compasión pudo conmigo y antes de que diera los pasos suficientes para alejarme empecé hablar.
—Alice está aquí, conmigo.—Cualquier gilipollez podría haber salido de mis labios, cualquiera, pero no fue así. Empecé a temblar debido al agobio que se me acumuló en la garganta. Un nudo se me hizo en ella y no dije nada más.
Su reacción, su propia reacción hizo que fuera a mi primera conclusión. No debía confiar en gente como ella, no debía. Mi victoriosa actuación no sirvió de nada y la eché a perder. Cada curva de su rostro mostraba alegría, como si hubiera conseguido lo que quería. Metió la mano en uno de los bolsillos de la chaqueta vaquera que llevaba y dejó a la luz una pequeña grabadora de voz, en este caso mi perdición.
—Listo.—Dio al stop y sonrió.—Gracias por decirme lo que quería oír..—volvió a guardarla y me miró fijamente a sus ojos, su inquietante mirada invadió el silencio.—O en este caso la verdad.
Me llevé las manos al cuello y suspiré. Guardé mis deseos de desahogarme para otra ocasión. La policía me la tenía guardada. Afirmaron que si cometía otro delito me llevarían al reformatorio o a los campos militares. Fruncí el ceño e intenté sonreír. Ni pensando en Alice se me calmaba el cuerpo.
—Que quieres.—Todo el mundo querría negociar, y dudaba que me equivocara con ella.—¿Dinero? ¿Ropa? ¿Cita para la peluquería?—La última pregunta sobró, pero dio cierto tono gracioso al asunto y ella se cabreó.
—No, no necesito eso.—No se me ocurría otra cosa que darle, ya que no tenía absolutamente nada. Vivía con cuarenta hombres más. Mi casa no sobrepasaban los veinte metros cuadrados y el dinero no me abundaba. No tenía dinero, ni joyas, ni cualquier cosa que quisiera una chica. Si fuera un hombre, habría llamado a Josh, actuaría como un cobarde y pediría su ayuda. Pero se trataba de una mujer. Especificando una amiga de Alice.—Te quiero a ti.
No entendí esa respuesta y hice que la volviera a decir. No sé si me estaba quedando sordo o si lo habría interpretado mal, entonces, para asegurarme quise que la repitiera.
—A ti, a ti Charlie Blair.—Suspiró cansada y se frotó uno de los codos. Cruzó el lado de su bufanda por su cuello cubriéndola parte de la cara.
—Estás equivocada.—Su respuesta me dejó estupefacto, sin saber que decir, y apenas asimilé todas las palabras por miedo.—No me conoces de nada.—Froté una de mis manos en la barbilla. Una gran nube nos cubría las cabezas y algo de frío recorría las calles. Y yo en un polo de manga corta. Ralph. Podría estar con una sudadera y estaba en manga corta.
—Pero Alice sí.—Elevé los hombros, sin aún saber a que se refería.—Es una larga historia, una larga y extensa historia..—debía irme, coger la grabadora e irme, pero tenía algo de miedo. Era imbécil, tenía miedo de una chica.—Sé que Alice sufrirá si te pierde, ¿y que mejor que con su mejor amiga?—Sonrió maliciosa. El aire me estaba llegando a los huesos, y sus palabras me helaron el corazón.—Ella pensará que eres tú y yo solo fui una víctima.
—Pero eso no es así.—Repliqué, no me lo creía, me estaba arrastrando a esa mujer. Me acerqué a ella y apenas hubo dos palmos entre nuestros rostros.—Se lo diré.
—Ah, no.—Volvió alzar la grabadora y puso justamente las palabras que me delatan del crimen. En el fondo no era un crimen, pero ella quería que lo pereciese y lo estaba consiguiendo. Podría haberme tragado la lengua, que me diera un golpe en el camino o directamente estar con Alice, disfrutando de sus labios.
—Eres...—no seguí, poso uno de sus dedos en mis labios.
—Soy muy lista.—intentó terminar mi frase, la mejoró más bien. De mi boca en estos momentos saldría de todo menos cumplidos.—Mañana.
—Mañana—repetí sus palabras, como si fuera un loro, me estaba manejando como un títere.
—Te quiero aquí a las seis de la tarde, ¿de acuerdo?—No me quería arrastrar, tampoco quería estar con esa chica, no quería nada de esto.
La miré con desprecio y me di la vuelta mostrándola la espalda. Caminé sin ganas, decaído y poco convincente de mis pasos, de mis decisiones, de mis actos. Mañana, a las seis de la tarde estaría ahí. Cumpliendo las órdenes como un soldado. Sonreí chistoso. Me estaba preparando para el ejército. A medida de mis pasos varios copos de nieve decoraban las calles de mi barrio, cada rincón mostraba un tono y apacible blanco. Volví la vista para atrás, y como de costumbre, ya no estaba. Ahora tenía dos opciones, confesar lo ocurrido o callarme como un buen negociador.
Detrás de una botella..
Beber agua en estos momentos era lo que mejor que me podía meter en el cuerpo.—No más alcohol— mascullé. Josh se había ido con Andy y aquel chico del baño me acompañaba en el cuarto de Charlie. No sabía sus intenciones, pero tenía tanta bebida y cosas en la cabeza que ni me las planteé.
—¿Ralph verdad?—Sabía que se llamaba así, pero el silencio que había entre nosotros dos era muy incómodo. Y la verdad, seguramente soltaría alguna estupidez en breves.
—Sí, me llamo Ralph.—afirmó con una sonrisa. Intenté diferenciar el color de sus ojos, pero veía tan borroso que por mucho que forzara la vista no vería nada.—Me suenas, te he debido ver antes.
Si me paraba a pensar también aparecía en algunos de mis recuerdos. No sabía su por qué, ya que nunca había conocido gente de aquí.
—Tú también a mi.—Volví a la Tierra, ya que constantemente me metía en mis pensamientos.
—Creo que ibas a mi instituto.—Se frotó el pelo y al segundo se miró en el reflejo de la ventana para arreglárselo. Me hizo gracia y sonreí, luego asimilé su respuesta y vi que era verdad.
—¡Es verdad!—Exclamé algo entusiasmada y como una niña pequeña. Efectos del alcohol.
—Vas a mi clase de Química.
—Y a la de Biología.—Visualicé otra vez mis recuerdos y que siempre me sonreía en las aulas. Pero estaba tan ocupada en Renee que apenas pude conocerle.—Siempre me sonreías.
—Ahora no te reconocía porque estás más delgada.—No respondió a mis palabras y metió otro tema inmediatamente. Mi extraño sentido dio con una conclusión, pero no la quise dar muchas vueltas y la descarté.—Eres muy lista.
—Habló el que siempre suspende, te tenía como favorito el profesor.
—Tengo mis encantos.—Frotó su barbilla y sonrió. Recordaba que era más pequeño que yo, un año recuerdo que mencionó un día el profesor.
—¿Cumpliste dieciséis verdad?
Afirmó a mis palabras con un leve movimiento de cabeza y chasqueó los dientes. Una taza de café la esperaba en una de las esquinas de la habitación. Humeante, desprendía un olor agradable y apetitoso.
—¿Tan enchufado estás?—Pregunté chistosa.
—Superdotado.—Respondió a mis palabras con algo de amargura. Por unos segundos noté que no estaba en la Tierra, sino en sus recuerdos, no serían muy agradables pude notar.
—Pues me tendrás que dar clases.—Aparté el tema y lo cubrí con un tupido velo. Ya tenía suficiente y no le obligaría a que me contase todas sus penas.—No voy a volver al instituto.—afirmé alegre, la verdad, como a cualquier persona, no me agradaba mi estancia allí.
—¿Por?—Preguntó sorprendido. Él no sabía nada del periódico, ni mi supuesta desaparición. Estaba en el cuarto de Josh, y si apenas tenía fuerzas para hablar, menos tendría para levantarme.—¿Tanto lo odias?—calmó el silencio y le sonreí dulce y sincera.
—Estoy desaparecida.—Hice una pausa y antes de que diera un trago al vaso de café, me lo llevé a la comisura de los labios. Saboreando su dulce y cálido sabor.—Está rico.—Sonreí y le dejé con la boca abierta, pero sonrió.—¿Me darás clases entonces?
—Si me devuelves mi café puede.—Volví a saborear su sabor por unos segundos y me calenté las manos con el vaso. Lo posé en ambas manos del muchacho y sonreí.
—Todo tuyo, ¿pero me darás?
—Claro, igualmente te las habría dado.—Tragó y sonrió.—Es verdad que está rico.
—Delicioso.—Le rectifiqué. Esa situación era cómoda y me aportaba tranquilidad, aunque mi cabeza estuviera dando tumbos y no la encontrara encima de mis hombros. 
—¿A que el de química es muy retorcido? Siempre hace complicados los exámenes.—Añadí feliz. 
—La de lengua está muy buena.
—Pero si es feísima, y una anciana.—Arrugué el morro.—Te van las maduras, ¿o qué?
—La tuya será, porque la mía no.—Resopló y hizo que pensaba en ella mientras se ponía colorado. No sabía si sería por la profesora o por mi. Pero notaba cierta química y eso que no entendía mucho del tema. Empecé a reírme sin razón o con ella, no lo sabía. El caso es que me estaba riendo y por fin notaba que los malos momentos pueden desaparecer.
Un pequeño silbido del viento gobernó la habitación. Había entrado por la puerta, la corriente llevaba en si a Charlie. Parecía enfadado, pero no lo pude apreciar con detalle, ya que tenía lágrimas en los ojos al reírme tanto con Ralph. Luego, predominó el silencio.

sábado, 28 de abril de 2012

~Capítulo dieciséis.

Me humedecí la yema de los dedos para poder pasar la página del periódico. Miraba con detalle cada palabra que había en aquella noticia, cada coma y cada punto. También fingía estar preocupada, porque sinceramente no me importaba. Josh me miraba con curiosidad y se reía de vez en cuando.
—¿Qué ocurre?—le dije mientras lanzaba el periódico a sus pies, con el fin de que también lo leyera. Arrugué la frente y soplé a mis manos. Tenía frío.—¿Por qué te ríes?
—No lo sé—añadió con una sonrisa.—¿Hablaste con Charlie?
—Charlie..—Me llevé la mano a la frente y reí chistosa. Sentir sus cálidos labios en los míos hacía que no tuviera los pies en la Tierra.—No sé a que te refieres.
—Si lo sabes.—Me respondió con un marguen de tiempo.
Me llevé a la comisura de los labios la boquilla de una botella. Bebí y sonreí, dejándolo en suspense la situación. Quería que algo de alcohol se me subiera a la cabeza y asimilara lo que había pasado con él, no me había mirado desde entonces y tenía la sensación de que no debería a ver pasado.
Detrás de esos ojos verdes..
Su aroma permanecía aún en mi ropa. En mis labios, eso, o era fruto de mi imaginación. Me daba igual, todo me daba igual. Abrí el armario y me miré en un pequeño espejo. Me peiné con las manos y sonreí inconscientemente.
—¿Qué estaba haciendo?—Nunca me había comportado así, nunca había sentido algo por alguien. Empecé a sacar ropa sin control, tirando las cosas al suelo.—¿Dónde está la sudadera azul?—seguí buscando pero seguía sin aparecer. Un nombre pasó por mi mente, Ralph. Salí de la habitación y golpeé con los nudillos la puerta de su habitación.
—Ralph, ¿estás ahí?—grité y golpeé más fuerte el marco de la puerta.
Después de estar esperando tres minutos decidió abrirme, no quise preguntar que estaba haciendo, era un crío que acaba de cumplir dieciséis años y aún no sabía de la vida. No recordaba porque le trajeron aquí,  la noche era muy oscura y lo único que se oían eran sus llantos a la madrugada. Solo tenía siete años.
—Pasa Charlie.—Entré a su habitación y me senté en una de sus sillas.
—Mi sudadera azul, te la dejé, ¿dónde está?—Me llevé las manos al cuello y le sonreí.
—Creo que...—dejó de hablar y empezó a buscar debajo de su cama—. Estaba aquí, ahora..—se frotó el pelo—.No sé donde está.
—¿Ahí? ¿Con las pelusas?—Pensaba ponerme esa sudadera para ver a Alice. Tenía ganas de abrazarla. Pero alguna preguntaba pasaba por mi mente. Solo fueron dos simples besos, o tres. Puede que fueran cuatro. No fue nada más.—Tienes que dármela, la necesito.—Recordaba como Josh entraba en la oscuridad y nos llamaba. Nos alejamos antes de que nos pudiera ver y en el resto del camino no nos miramos. No sé si fue por vergüenza o por ver que lo que ocurrió fue un error. No lo sabía.
—Creo que la vendí.—Volví a la Tierra y le miré. 
—Tienes que estar de broma Ralph.—Aquel chico con ojos negros me miró sonriendo y encogiendo los hombros, supuse que para él eso sería una disculpa.—Si la vendiste...dame el dinero que te dieron por ella.
—Dinero...—se calló y me miró confuso.—Me lo he gastado.
—¿En qué?—Alcé las manos y me planté delante suya. Podría ponerme otra cosa, pero estaba empeñado en ponerme esa prenda. Respiré hondo y esperé a que me respondiera.
—Gomina.—Sonrió victorioso.
No pude evitar reírme. Puede que por dentro estuviera enfadado con él, pero sabía que era así. No podía hacer nada. Me acerqué a su armario y lo abrí. Estaba cubierto de gorras y alguna que otra foto con los chicos de la casa.
—¿Me vas a coger algo?—Se acercó y miró con atención lo que estaba haciendo.
—Hombre, no sé que ponerme.—Volví la vista hacia el armario y saqué un polo negro. Lo miré y vi que aunque fuera solo un chaval, tenía muy buen gusto.—¿Me dejarías este?—Cerré la puerta del armario antes de que afirmara a mi pregunta y le sonreí con armas de venganza. Me dispuse a irme, pero la pregunta que salió de su garganta me hizo quedarme.
—¿Quién es esa tal Alice?—No quise contestar, ni siquiera me apetecía hablar de ese tema. Pero era Alice, era mi Alice. Le miré y vi que estaba cabizbajo con las manos en los bolsillos.
—Una amiga.—Respondí al fin. Mintiendo supongo, porque.. ¿no solo era una amiga verdad? Me intenté tragar las palabras y seguí con la frase.—Supongo, ¿por? 
Me volvió a mirar a los ojos y se rió escandalosamente, no lo entendí y fruncí el ceño.
—Sí, hoy me ha abrazado.—Puñales, fueron como puñales en la espalda lo que sentí. Alice no era extremadamente cariñosa con la gente que conoce en un día. En el ejemplo estaba yo.—Pero..
—¿Pero qué?—Sobresalté más de lo esperado. A lo que hizo que se sorprendiera de mi reacción.
—Pensaba que eras tú.—Ladeó la cabeza a un lado y me miró con culpabilidad.—Para ser una amiga te abraza con mucha ternura.—No respondí a sus palabras y esperé a que siguiera con la frase.—¿Tú crees que tendría algo conmigo?—Reí chistoso en mi mente y le di un golpe en la espalda.
—Sueñas mucho Ralph, ¡sueñas mucho!—Cerré la puerta y la mayoría de las palabras se quedaron en su habitación. Mientras me dirigía a la mía pasé por la de Josh, donde estaban él y Alice bebiendo, no precisamente agua. Josh por muy caballero que fuera siempre le gustaba beber, ya que decía que así se acabarían las penas antes. Yo nunca fui un aficionado, pero si quería gustar a Alice.. tendría que planteármelo.
—¡Charlie!—exclamaron en una de las habitaciones. Una camisa de cuadros roja se asomaba por el arco de la puerta. Era Andy.—¿A dónde vas?
—A Cambiarme.—No quería entretenerme ya que me quería unir a la fiesta que estaban montando los otros dos.—¿y tú?—La pregunté para ser amable, siempre había apreciado mucho a Andy, aunque tuviéramos nuestros baches en años anteriores.
—Bien, aquí.—respondió más seca que la paja. Me preocupé. Miré la camiseta y luego miré la habitación donde estaba Alice. Tendría tiempo para hablar con ella, cambiarme e ir. Dejé caer la camiseta en mi hombro y fui hasta su habitación.
—Que ocurre.—No me enrollé mucho, fui directo, me senté en su cama y me dejé caer como un peso muerto.
—Es Josh, está raro conmigo.—Su miraba la delataba, demasiados años a su lado. Antes de plantearme en llevar a Alice aquí pensé en Andy. Creí que se llevarían bien, pero, aún no habían tenido mucho tiempo para conocerse, ya que pasaba la mayor parte con Josh. Me estremeció en pensar en ella y volví a mirarla.
—Es Alice, ¿verdad?—No me respondió, pero ese silencio sirvió de afirmación.—Alice no está interesado por Josh.—Dije no muy seguro—.No te preocupes, Josh lleva enamorado de ti años.—No debería haber dicho eso, pero sino se lo decía yo, se acabaría tarde o temprano.
—Vale, gracias.—Abrió la puerta y me quiso echar con la mirada. No lo entendí y por no darle muchas vueltas me levanté. Quise darla un abrazo antes de irme, cual rechazó con mucho descaro.
—¿Te ocurre algo?—Respiré, no me quería ir.
—No, ya lo hablaremos otro día mejor.—su pelo se deslizó por su cara y me sonrió forzudamente.
—Yo quiero ahora.—No era consciente de lo que decía.—Venga Andy.
Cerró de un portazo y vi como ya empezaban a desvariar, oía la voz de Alice a gritos. Y Josh cantando alguna que otra canción en noruego. Caminé con un ritmo acelerado y entré en la habitación. 
Estaba como una pocilga, debería recogerla antes de que alguien la viera, ya que me conocían como el ordenado. Me quité la chaqueta de rayas y la camiseta de manga corta que llevaba y me puse el polo negro. Me miré de arriba a abajo y puse varias caras para verme en el reflejo del espejo. Era imbécil, fue a la conclusión que llegué al ver que estaba haciendo.
—Listo—cerré la puerta y cogí las llaves antes para poder luego entrar.
Me miré la mano y vi que tenía algo escrito, << Díselo >> que la dijera que la quería. Que no veía un futuro sin ella, y si lo veía sería demasiado nublado.—Demasiadas cursiladas—dije en voz alta mientras caminaba. Recorría cada letra con uno de mis dedos intentando recordar cuando lo escribí. Pero nada, mi memoria no se estiraba.
Me asomé y vi como Josh brindaba en el aire. Decía palabras pero apenas se le entendía. Mi mirada fue hacia Alice, tenía escondida su cabeza entre las piernas mientras se reía.
—Menuda fiesta os estáis montando.—Sonreí y me senté en uno de los cojines que había por el suelo. Alcancé con las manos una de las botellas y la miré antes de llevármelo a la boca.—Cerveza.—Había probado cosas peores, me llamaban fino ya que prefería el vino antes que la cerveza.
—Alice no bebe mucho ¿verdad?—Me dijo Josh, o eso distinguí, porque entre palabra y palabra había alguna que otra carcajada y ruidos extraños.
—No, no bebe, si le pasa algo será por tu culpa.—No lo dije con humor, aunque él se lo tomó así—. Debes saber que no está para fiestas.
—¿Y está para llorar en un rincón Charlie?—Se llevó la botella a los labios y dio un trago.
—No me gusta que beba.—Negué con la cabeza. Josh no era muy agradable cuando bebía y más cuando estabas en contra de sus decisiones.—Yo tengo que decidir por ella, no tú, ¿vale?
—¿Y si decide ella que tal?—Empezó a toser, se le habría ido la bebida por otro sitio.
—Charlie tiene razón.—Volví su mirada a ella, la tenía perdida en mis pensamientos. Me sonrió.—No debo beber, Josh, ¿me puedes traer un vaso de agua por favor?—Dejó la botella en el suelo y echó la cabeza para atrás, tendría la sensación de pesadez en los ojos.
Era la excusa perfecta para quedarse asolas conmigo o eso pensé. Me ilusioné y vi como Josh se iba tambaleando por el pasillo. Cerré y me puse nervioso. Notaba como cada latido se adelantaba y mi ritmo cardíaco cambiaba. 
—¿Qué tal estás?—Fue la primera cosa que salió de sus preciosos y rojos labios. Estaba pálida, pero sería normal.
—Bi, bien.—Tartamudeé. Su pelo se deslizaba por su espalda y algún mechón cruzaba su cara. No estaba precisamente preciosa para la vista de los demás, pero para mi siempre estaba perfecta.—¿Y tú?
—Bueno.—Bufó y se llevó una de sus manos a la nuca.—Siento que me va a explotar la cabeza.—Rió y se acercó a mi.
—No vuelvas a beber tanto con Josh, que a él se le va la mano con la botella aveces.—Tampoco bebía mucho, no era rutinario, pero no podía decir que había noches que le oía más a él cantando a causa del alcohol que a mis pensamientos. 
—Vale, me tienes que controlar.—Rió y dejó caer su cabeza en mi hombro, rodeándome con uno de sus brazos. Puse la mía en la suya y vi como recorría cada centímetro de mi brazo con uno de sus dedos. Se levantó y antes de decirle nada me cogió los mofletes con las manos.
—¿Estoy muy fea verdad?—Soltó así, sin más, no me lo esperaba.
—No, no estás fea.—Acompañé con una sonrisa y la miré con dulzura.
—¿Y por qué no me besas?
No quise responder, dejé caer mis labios en los suyos convirtiéndolos en uno. Sabía a alcohol pero no importaba. Notaba como rodeaba mi espalda con sus manos y yo deslizaba las mías por su nuca. Pero alguien entró en la habitación.
—Charlie, preguntan por ti.
Ignoré ese comentario, pero ella no. 
—Ves.—Me susurró en mi oído.
—Pero..—Me interrumpió mientras me proporcionaba otro dulce beso en los labios. Me levanté y maldije a  la persona que me estaba reclamando. No sabía quién era, pero fuera quién fuera me había estropeado un momento con ella.
Me quedé tan sorprendido como ella al ver mi rostro. Recordaba solo a verla visto una vez. No sabía que hacía ahí, ni que quería, no sabía como había descubierto donde vivía. No sabía absolutamente nada. Pero aquella chica, esa tal Renee había venido para algo.

martes, 24 de abril de 2012

~Capítulo quince.

Encuadraba ambas sonrisas en el objetivo de mi cámara. No quería hacer la foto, pero no me quedaba otra. Tenía que aparentar que era feliz e ignorar ese desgarre que sentía en el pecho cada vez que les veía juntos. Sus miradas permanecerían vacías en la foto, pero ambos sabían su significado. Capté ese momento en la pantalla de mi cámara y realcé en mi rostro una sonrisa bastante forzada. Quería vivir engañada.
En el otro lado del objetivo..
Su mirada se mantenía en suspense como las palabras que me dijo en la habitación. Primero empezó a tartamudear mientras mantenía su preciosa sonrisa en el rostro. Luego bajó la mirada y antes de volver a cerrar la puerta, me dijo que me fuera vistiendo, que me enseñaría su ciudad. Me quedé con la sensación de tener un vacío entre pulmón y pulmón que lo pude disimular con una sonrisa. Y ahora, estaba más raro que antes.
—Ya está hecha.—Miré su sonrisa, se le formaron dos hoyuelos en ambas mejillas.—Salís muy guapos la verdad—. Parecía que lo decía con cierto sarcasmo, e intenté no sacar ese pensamiento a la luz.
Charlie sonrió a su respuesta y evitó mi mirada, ya que la tenía clavada en sus ojos. Estaba perdido en sus pensamientos, y yo intenté poner en orden mis ideas.
—Charlie.—no me miró nada más llamarle—. ¿Estás ahí?—agarré su brazo con los dedos de mi mano derecha y rocé los pliegues de su chaqueta.—¿me estás haciendo caso?
Su mirada fue hacia mis labios.
—Sí, si lo siento.—me volvió a mirar a los ojos. Resoplé, no entendía nada. Acto seguido estornudé.—Parece que no estás—declaré con pocas palabras lo que pensaba. Mantuve su mirada unos minutos y continué con la frase.—¿Te ocurre algo conmigo?
Negó a mis palabras como un niño pequeño y miré a Josh, fue como un bote salvavidas.
—Luego hablamos—le solté mientras dejé de mirar es verde. Ese extraño y precioso verde.
Me dirigí a ese chico, que por poco que le conociera, ya sabía mucho más de mi que mi familia. Me paré a pensar unos instantes. Yo ya no tenía familia. 
Me sonrió al ver que me aproximaba a su lado.
—¿Puedo?—señalé el bordillo donde me podía sentar con él.
—Claro—sonrió y me dejó un hueco para sentarme.
No supe que conversación establecer entre nosotros, principalmente porque observaba con el rabillo del ojo la conversación y las sonrisas que estaban compartiendo Andy y Charlie.
—Se nota demasiado—murmuró en el silencio que había formado.
Me di la vuelta y apenas sonreí, para que fingir si Josh ya me había descubierto. Le volví a mirar para que siguiera con su frase, ya que yo apenas tenía palabras.
—Supuse que no te lo diría—sonrió, yo también—. Se acobarda.
No le vi el sentido a sus palabras y asentí aunque no las entendiera.
—¿Sabes que le pasa? Me tiene preocupada.—decidí por fin hablar.
—Esta mañana estaba muy bien.—Me dijo extrañado, parecía que no sabía la razón de su comportamiento.
—Hasta que me ha visto.
Planteé mi hipótesis en alto y no me gustó mucho a la conclusión que había llegado.
—No pienses eso—colocó las manos en sus rodillas y se frotó los nudillos; tendría frío—. No quiere ser pesado..—por mucho que me dijera, no estaba muy convencida de sus palabras. 
—¿No quiere ser tan pesado que llega a ignorarme?—no le veía el sentido, aunque le diera mil vueltas—. No lo entiendo.
Decidió no responderme, supongo que no querría meter la pata entonces no me molestó. Volvió a predominar el silencio en nuestra conversación. Me fijé en la gente que nos rodeaba, estábamos en el puerto. En la foto que nos había hecho Andy se veía el mar. Preciosa la foto. No el momento. 
La olas del mar chocaba con las rocas de un pequeño desprendimiento que hubo anteriormente. Miré hacia el cielo, varios aviones del ejercito volaban en él, por encima de nuestras cabezas, la guerra estaba empezando pude oír en las noticias. 
Recorrí el cielo y la mirada fue hacia un chico, ni Josh ni Charlie. Observé que era lo que sostenía en las manos. El periódico del día pude apreciar. En portada aparecía una imagen. Diferencié el rostro ya que era el mío. 
Lo que me hizo recordar a ese chico era su pelo engominado y su amplia sonrisa.
—Wi, ¿William?—murmuré. Josh pudo percibir mis palabras y me volvió a mirar.
—¿Le conoces?—Se dio la vuelta por curiosidad.
—Mi padre me quería emparejar con él.—Solté apenas sin hacer pausas entre palabra y palabra.
—¿Con ese?—frunció el ceño y rió—Menudo pretendiente escogió tu padre.
Él no era lo que más me preocupaba, sino aquello que ponía en el periódico, no sabía el por qué de una foto mía en la portada. Forcé la vista y achiné los ojos. Mi vista cansada pudo distinguir solo las letras más grandes: <<Desaparecida>>. Los pelos de la nuca se me erizaron al segundo de asimilar lo que estaba viendo. Luego empecé a temblar y busqué con la mirada a Charlie, aunque él ya me había encontrado, pero no era el único, William también me había reconocido.
—Me está mirando—dije apenas en un suspiro.
Me puse la capucha de la sudadera que llevaba y recé que fueran más que imaginaciones mías. Pero así no fue ya que tuvo el orgullo de levantarse. Josh le miró con cierto desprecio a lo que él ni se inmutó.
—¿Alice?—oí e ignoré. O eso quise hacer, pero se puso enfrente mía.
—Ho, hola.—Tartamudeé indecisa, no sabía que hacer.
—¿Qué haces aquí?—parecía preocupado, me miraba extraño, supuse que no sabía nada de lo que había pasado y le pilló de sorpresa mi desaparición.—En los periódicos dicen..
—Tomando el sol.—Le interrumpí y le sonreí.
—Alice.. está nublado.—Miré al cielo y mascullé, mierda.—Estoy sorprendido.
—¿Por qué?—exclamé, Charlie se estaba acercando a nosotros, no muy contento pude ver.
—Tu padre me llamó y me dijo que desapareciste.
—Pues ya lo ves.—Hice la gracia y reí, no sabía nada del hospital.—Estoy aquí.—tensé la frente y sonreí de nuevo.
—Bueno pues.. ya se lo diré, estaba preocupado.
Me esperaba cualquier cosa de ese ser menos eso. Su vida no era como la de los demás. Utilizaba a las personas y manipulaba las cosas a su alcancé. 
—Ya.. preocupar..—mascullé entre dientes. Volví a repasar la frase anterior, pero no me dio tiempo, Charlie ya estaba mirando con desprecio a William.
—Soy William encantado—alzó su mano a Charlie, cual él contesto sonriendo.
—Yo Char, Charlie.—tartamudeó, intentado parecer superior, pero Charlie era tan dulce que no sabía.—Alice, ¿quién es este?—me soltó con un cierto tono.
William pareció ofenderse y le volvió a hablar.
—Su futura pareja.—Tiró el periódico al suelo.—Por si te queda más claro.
Lo recogí con los pies y recé de que Charlie no dijese nada, pero por muchos rezos o ave marías que rezara fue inútil.
—¿Enserio?—alzó los hombros y puso las manos en ambos costados.—¿Enserio Alice?—me volvió a mirar.—¿Te has cogido a este chico? ¿A este pijo?—rió sarcásticamente.—Pensaba que era diferente.
—¿Pijo? Mejor que gente de la calle..—no debió decir eso William, pero tenía tanto orgullo como él.—Bueno, de la calle y con mal gusto, si te refieres a ti.
Me llevé las manos a la cabeza. Todo esto por el periódico. Josh se levantó y se puso al lado de Charlie.
—¿Gente de la calle?—Saltó, le había hecho daño.
—Sí, de la calle, ni sabréis pensar.—Era imbécil, cada vez que escuchaba sus palabras veía con el hombre que mi padre me quería juntar, un cabrón como él.
—Por lo menos sé defenderme.
Rió chistoso de su contestación y le miré con cierto desprecio.
—Vamos Alice.—Agarró mi brazo y de inmediato le solté.
—¿Qué haces?—me alejé de él y me puse al lado de Josh, Charlie había desaparecido. Miré atrás. Tampoco estaba con Andy.
—Nos vamos a casa.—gritó.
—Esa no es mi casa.
—Pues con tú familia—intentó atrapar mi mano, pero la esquivé.
—Esta es mi familia.
—Pero tú eres mía, tú padre me lo dijo.—Me cogió de la cintura y pegó mi cuerpo al suyo.
Me separé con el mínimo roce.
—Yo no tengo padre.—solté, no me hacía daño decirlo, y menos gritarlo, que fue lo que empecé hacer al ver sus acciones.—Vete.
—¿Qué?—elevó sus manos provocando.
—Que te vayas.—respiré, rabia recorría por mi sangre. Todo el odio que estaba descargando con ese chico no era la mayor parte por él, sino por mi padre. Me miró a los ojos con desespero a lo que yo respondí con asco. Caminé y me fui de ese sitio, cediéndole William a Josh. —no le hagas nada—mascullé a su oído antes de irme. Respondió con una sonrisa y me dio su palabra.
Caminé entre restaurantes del puerto, con el final de encontrar a Charlie. Me metí por varios callejones sin salida. Caminaba sin miedo. Si antes estaba raro conmigo no quise imaginarme como estaría ahora.
—Siempre tengo problemas..—me dije a mi misma en voz alta.
Unos segundos. Fueron esos en los que divisé la ropa de Charlie. Corrí hacia ese callejón de ladrillos y me introduje en la oscuridad.
—¿Charlie?—pregunté mientras extendía las manos para no chocarme con nada. 
Me dolía la cabeza y no pude forzar la vista, ni siquiera pude diferenciarlo.
—¿Charlie?—volví a repetir, pero seguí sin obtener respuesta.
Me froté las manos, la falta de luz hacía que el frío aumentara y helaran mis huesos. Me di la vuelta, seguramente se habría ido al oír mi voz. No querría hablar conmigo.
—Te quiero..—debería haberle dicho.
Mientras caminaba me choqué con alguien. Pero la oscuridad aún era demasiado intensa.
—No me esperaba esto.—Diferencié su voz perfectamente, y sonreí.—Creí que eras diferente.
—Y lo soy..—intenté agarrarle las manos pero esquivó mis caricias—. Quiero decir, ese chico no sabe nada.
—Sabe como te llamas, conoce a tu padre seguramente.—me replicó serio.
—Pero no me conoce a mi.—su voz era cansada y decaída.
 Lamentaba cada segundo de lo ocurrido. Con tal solo dieciséis años mi vida había sido de una novela. Agarré sus manos y las dirigí hacia mi cintura, dejándolas caer. Un cosquilleo recorrió mi estómago y por un momento noté que se me paraba el corazón al tenerle tan cerca de nuevo. Después de esto le daba por perdido. 
En el otro lado de la oscuridad..
Sentir el roce de mis manos en su cintura era la mejor sensación que había sentido hasta ahora. En estos momentos no había móviles, tampoco gente. Ningún ser podía quitarme esa oportunidad que había esperado desde el momento en el que la conocí. 
—Te quiero.—Pude apreciar ese murmullo que salieron de sus labios.
Mi corazón latía tan fuerte que me daba la sensación de que Alice podía escucharlo. Me di cuenta de que era el momento perfecto. Y entonces la besé. Mis labios rozaron los suyos en una caricia suave, controlada. No pude analizar la situación, preguntarme como reaccionaría Alice y qué pensaría de mi, maravillarme ante el temblor que me había tensado la piel, conté los segundos que pasaban desde que nuestros labios se tocaron hasta que ella abrió los ojos.
—Yo también te quiero.—murmuré en su oído.
Volvió a posar sus labios en los míos, pero esta vez el beso fue distinto, muy distinto. Fue un beso que valía por toda mi vida. Sus dedos se enredaron en mi pelo y luego se anudaron en mi nuca. Por primera vez en mi vida, mi mente no se separó de mis sentimientos y no hubo más mundo. Solo estaba ella.